lunes, 30 de agosto de 2010

¿No les ha pasado a Vds, que revolviendo entre sus papeles en el fondo de un cajón se encuentren un viejo relato?

JODIDO CUENTACUENTOS ( Se publicará por partes, primera entrega)


El principio.

Aunque no había preguntado la hora, el hombre gris de la escoba ya no estaba barriendo la zona, eso sólo significaba que era más tarde que de costumbre. Con curiosidad por saber cómo era, qué mujer le amaría, quién se encargaría de desmentirle, abrió la puerta del portal, meciéndose entre la duda y la certeza: El barrendero le parecía sacado de un relato de M. Rhode James. No sería raro que se tratase de alguien que, se hubiese refugiado detrás de una profesión que no parecía la suya, decidido a ausentarse dios sabe el porqué. A libertad, su olor, su forma de moverse, le había inquietado desde el primer día a la vez que le provocaba una curiosidad casi incontrolable. Arturo habría opinado que era seguro que ocultaba una sórdida historia, sacando su vena irónica. Arturo tenía cierta facilidad para enhebrar sospechas y espetárselas como ciertas, a cualquiera como si nada.
Libertad saludó a Amadeus, mientras se calentaba agua para hacerse un café y reponía la suya al perro, pensó que iba a nevar, olía a frío y lumbre. A menudo le desordenaba el flequillo con sus caricias y Amadeus sonreía.


El Apartamento.

-Cincuenta metros cuadrados son cincuenta metros cuadrados, se disculparía el vendedor de la agencia. Ella, lo imaginaría tal y como era en realidad: un hombrecillo amable y no “muy sobrado en luces”. ¿Que ironía para una ciega, no creen? Lo de las luces, digo.
Enseguida se había ofrecido a cubrir los datos del contrato.
-¿Libertad, de nombre?
Se ve que ni se imaginaba la lucha que Arturo había tenido para inscribirla en el Registro con ese nombre a secas, sin María. ¿Libertad? gruñiría el funcionario acusándole por encima de unas gafas decimonónicas que le iban como anillo al dedo.
Soplaba ya seis velas cuando un Juez de Palma dictó sentencia a favor de” otro penitente” que pretendía ponerle no sé que otro nombre subversivo a su hija, Montaña, creo.

El Colegio

-Libertad a secas, vale, vale, sentenciaría indulgente el director del colegio. Que dicho sea de paso, era público y laico; (el colegio no el director). No sin antes murmurar en voz suficientemente baja como para no iniciar un diálogo, pero lo suficientemente alta como para que se le oyese:- “Rojos, éste es un rojo de esos, seguro”, a lo que Arturo, poco acostumbrado a mantener las formas, contestaría en voz alta: - “Muy agudo, si señor.”

2 comentarios:

narbona dijo...

Adelante....!! Buena idea.


Saludos literarios.

chavela dijo...

Gracias Narbona :)))