miércoles, 1 de septiembre de 2010

¿No les ha pasado a Vds)

JODIDO CUENTACUENTOS ( 3ª entrega)



El Paseo.

Como cada tarde, Amadeus daría el paseo que los perros suelen dar a los dueños antes o después de la cena.
Aquel hombre sospechosos de casi todo ya no estaba. Libertad no llegó a casa, como tantas veces, relajada, algo por dentro que no era capaz de identificar, la inquietaba y mucho. Esa noche durmió mal. Escuchando un programa nocturno de radio, ya de madrugada, alguien sugería a la periodista que lo conducía, que las cosas tenían una especie de vida propia. Libertad rompió sin querer el vaso lleno de agua que se llevaba cada noche y se durmió pensando en que el vaso se habría suicidado. El resto de la noche estuvo plagado de pesadillas.

Al día siguiente era sábado y decidió ir a una librería de viejo. Buscó, no era la primera vez, un libro, del que no sabía ni autor ni título: “La esfinge asesina”, “El enigma de la esfinge”…, ante la hilaridad del librero, después de aventurarse con algún posible autor, decidió intentarlo con el argumento: “-Una esfinge feroz que aniquilaba a todo aquel que no era capaz de descifrar el enigma que ella misma les proponía…” Acabó por irse con la paciencia del vendedor, y el nombre del autor en la punta de la lengua.

Desconocía, y tampoco parecía interesarle mucho, si los videntes consideraban a los ciegos como inmersos en una terrible oscuridad mental, iba absorta en esta reflexión, cuando una pareja se le acercó para pedirle dinero para el autobús, se lo dio a sabiendas de que eran de esos que nunca van a ninguna parte. Notó como la compadecían, recogió indulgente la pena que les producía y zanganeó sentada en un banco con la sensación de no estar perdiéndose nada importante en ese momento.

Se entristeció pensando en que pronto no podría pasear con Amadeus por un descampado que tenía un cierto encanto. Contaban que, detrás de un paredón, durante años, se había enterrado a los cómicos y otras gentes de mal vivir. Y que aquellas almas, terminaban redimiéndose, cuando un cura de oficio, les oficiaba unas misas por encargo, de alguna persona caritativa, que era muy probablemente, alguna de las más fervientes defensoras de que no se acercasen a más de una legua de las buenas gentes, cuando estaban vivos. Sabía, que el descampado había caído en manos de alguna constructora, porque el amable vendedor de la inmobiliaria la había llamado para ofrecerle amablemente un piso mayor en su misma zona.
De vuelta a casa, caminó intentando recordar como Arturo, nunca le había mentido con falsas curaciones, lo que la ayudaría a saber, desde muy pequeña que, siempre su visión del mundo sería diferente

Al llegar al portal, el hombrecillo, que todavía barría la calle, le saludaría de una forma especialmente amable. A Libertad le pareció que era la voz de Arturo. -”Esa voz...debo de estar volviéndome loca…”
Ya en el interior de la casa, intentó calmarse escribiendo historias, lo hacía a menudo y solía servirle para sentir paz.


La historia.

-“De música de fondo un oboe. Mientras un mimo se mira al espejo que le devuelve la imagen de Autólico, amor de Calías , hijo de Hipólito, dotado de una extraordinaria belleza.
Concierto de cítara y oboe.
El mimo, atónito, contempla como al desmaquillarse puede verse en el espejo como Crío, atleta de Égina y así, hasta diez personajes más de la Grecia Clásica. Hasta que el rostro reflejado es el de Arturo.
¿Quién desmentía a quién?”-
No firmaría el escrito, eso sí, encestaría a la primera en su papelera, cuestión de práctica, como casi todo.”

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